Solicitantes de asilo latinos son utilizados como negocio en Suecia

Son jornaleros trabajando en la construcción o limpiando la casa de tu vecino. Gente de Latinoamérica en busca de un mejor futuro en Suecia. Pagan en silencio para tener una dirección falsa. Hoy Svenska Dagbladet (SvD) denuncia a una red que engaña a las autoridades suecas vendiendo direcciones a los que solicitan asilo.

FOTO: SvD

Läs mer om handeln med falska adresser

El hombre está sentado al fondo de la cafetería en Åhléns City, el gran almacén en el centro de Estocolmo. Está sentado donde los cajeros no lo ven y allí recibe llamadas telefónicas. Tiene 55 años, va bien vestido, y cobra cada mes una subvención de enfermedad de la seguridad social sueca (Försäkringskassan).

Pero trabaja de ”consejero” para los latinoamericanos que quieren conseguir asilo político en Suecia. Sus consejos son gratis, segun su publicidad. En realidad todo es parte de un negocio.”Necesitas dos cosas”, dice al hombre boliviano con quien habla. ”Una dirección y un abogado…”.

SvD puede hoy denunciar que hay una red que se dedica a vender direcciones c/o (care of). La meta es engañar a Migrationsverket (Dirección General de Migraciones). Estas direcciones son las que los latinoamericanos que solicitan asilo presentan a las autoridades para no estar obligados a ir a vivir en un centro de refugiados, lejos de los trabajos en Estocolmo.

Esta red esta integrada por personas que han recibido anteriormente asilo político y que ahora profitan con la necesidad de los recién llegados.

La acción de esta red puede comprobarse leyendo los archivos en el Tribunal migratorio (Migrationsdomstolen) en Gärdet en Estocolmo. Todos los asuntos latinoamericanos siguen una pauta muy clara: cuatro direcciones surgen como domicilios de 187 personas en total que están solicitando asilo.

Este engaño se produce desde hace muchos años. Pero nadie en Migrationsverket ha reaccionado. El vendedor y el comprador se callan tambien, pero por diferentes razones.

Son pasadas las seis de la mañana cuando Isaura Vargas, con pasos rápidos, atraviesa un parque de juegos. El capuchón de su chaqueta oculta su rostro – no quiere llamar atención en el suburbio de casas particulares donde trabaja.

En Perú limpiaba solamente en su propia casa. Ahora, con su trabajo de limpiadora, sus brazos se han vuelto más fuertes y musculosos.

Hay mucho que Isaura Vargas no quiere que su hija Juliana de cuatro años sepa. Como que la niña ha vivido casi toda su vida sin permiso en Suecia. O que ella en cualquier momento podria ser embarcada en un avión rumbo a un país que nunca ha visto. O que su papá ahora tiene dificultades para respirar de tanto trabajar sin máscara de protección derrumbando casas.

– No quiero mostrarle el miedo que tengo. Ella es una niña pequeña y es importante que ella sienta que tiene los mismos derechos que todos los demás, dice Vargas.

Pero un día le contará tambien a su hija sobre una mafia de la que ella ha sido victima.

– Uno encuentra gente que uno piensa que te van a ayudar, pero en realidad solo quieren hacer necogios. Es un engaño, dice.

Así funciona: a la gente que vive en Suecia sin permiso de residencia ”el consejero” les recomienda solicitar asilo político para conseguir un permiso de trabajo temporal. A veces les da numeros de teléfono de las personas que venden direcciónes. El ”derecho” de usar una dirección puede costar entre 200 y 600 coronas al mes por persona.

El papá de Juliana, Paolo González, había trabajado tres meses al negro cuando supo del ”consejero”. En el Åhléns tuvo un encuentro con el hombre bien vestido que hablaba y hablaba. ”Como un verdadero vendedor”, dice Paolo, oriundo de Bolivia.

A su esposa Isaura Vargas le dieron una tarjeta de visita del ”consejero” – con un simbolo que le daba confianza: la Cruz Roja. Ella lo llamó y consiguó una cita con él en Kulturhuset (Casa de la Cultura) en Sergels Torg.

– El dijo que me podía ayudar, que yo necesitaba dos cosas que él podia conseguir: una dirección y un abogado.

El le aconsejó pedir asilo y le informó de como ella podía evitar vivir en un campamento de refugiados mientras estaba esperando la decisión de las autoridades. Isaura Vargas llamó al número que él le dió y obtuvo una dirección. De las 800 coronas al mes que recibía de Migrationsverket pagaba 400 coronas cada mes por el derecho a usar la dirección de una mujer chilena en el sur de Estocolmo.

Cuando Isaura Vargas fue a buscar su correo se encontró con otros bolivianos que tambien venían con dinero.

– Ahí entendí que no era solamente de mí que se aprovechaban. Me sentí tan estúpida.

Pero no dijo nada y su marido pagó los 400 coronas..

– Aquí no podemos tener enemigos. Todos tienen que ser nuestros amigos no importa lo que hacen, dice ella.

A Isaura y a su marido les rechazaron su petición de asilo - como a casi todos los latinoamericanos. La pareja pasó a la clandestinidad y continuan trabajando. Sin embargo las mujeres que venden sus direcciones pueden seguir haciendo negocios sin problemas.

Hace unos décadas muchos latinoamericanos pidieron asilo político en Suecia, huyendo de dictaduras sangrientas. Hoy en día la gente emigra a Europa para tener un trabajo que les permita vivir.

Una gran parte de los que viven sin permiso en Suecia vienen de Bolivia, el país más pobre de Sudamérica. Uno de cada cuatro bolivianos vive y trabaja en el extranjero, la mayoría en los paises vecinos. El dinero que mandan a casa corresponde a una decima parte del PIB boliviano, el valor de todo que se produce en el país.

Al mismo tiempo que Isaura Vargas camina hacia la casa particular donde limpia, un grupo de jovenes latinos están temblando de frío en la mañana al otro lado de la ciudad. Aquí, frente al Seven-Eleven en Gullmarsplan están esperando: son jornaleros en Suecia. Llevan vaqueros y chaquetas que no abrigan y mochilas pequeñas. La noche anterior les ha llamado el jefe: ”Mañana tenemos trabajo en la construcción: derrumbar, limpiar ventanas o hacer aseo”.

Una furgoneta se detiene junto a la vereda. Y otra más. Son casi las seis y media. Muy luego todos los jornaleros estarán en sus lugares de trabajo.

Unos kilometros más allá, en un techo en Hantverkargatan en Kungsholmen León Rivera, un chileno, está sacando la nieve. Hoy, junto con los otros obreros, tienen que alcanzar a sacar la nieve en ocho edificios más.

Es bien conocido que mucha gente es explotada en el mercado laboral. Hay tantas historias como inmigrantes sin permiso de trabajo. Las condiciones parecen ser de otra época – como la historia del chileno Cristian Rodríguez: ”Una vez cuando ibamos a limpiar un local en Estocolmo no nos dieron la llave para salir”, dice. ”Tuvimos que hacer pis y caca en una bolsa.”

Es justamente la posibilidad de conseguir este tipo de trabajos lo que hace que los inmigrantes compren direcciones falsas y pidan asilo. Muchos han invertido demasiado para viajar a Suecia. Por eso a la llegada los contactos significan todo.

– Por eso es tan fácil caer victima de otros hispanohablantes, dice Rubén Tastas Duque, que vino de Uruguay hace más de 30 años.

El trabaja por SAC, el gremio sindicalista, y es bien conocido entre los obreros latinoamericanos de Estocolmo. Ahora muchos sindicatos de LO (la organización central obrera sueca) intentan organizar a los obreros sin permiso de residencia. Antes actuaban más como policía haciendo redadas en lugares de trabajo. Ahora se concentran en denunciar la explotación de la gente en el trabajo.

Pero del comercio de las direcciones nadie habla en voz alta.

Cuando suena el teléfono en casa de una mujer de 59 años que vive en un suburbio de Estocolmo, el asunto se arregla rápido. Pero ese mismo día, cuando ella estaba en una reunión política, no quiso hablar con el hombre que ella cree que es otro boliviano que va a pedir asilo y que necesita su ayuda.

La mujer dá instrucciones detalladas por el teléfono: quiere 200 coronas al mes. Los amigos bolivianos del hombre sí pueden llamarla para usar la dirección, pero prefiere inmigrantes de Nicaragua, dice.

El primer encuentro se producirá en Kulturhuset y ella describe su vestimenta: un gorro negro y abrigo.

– Planta baja. Si los vigilantes aparecen simulo que estoy sólo mirando. Digamos a las tres? dice.

Las personas de esta red que vende direcciones compiten y cooperan entre ellos al mismo tiempo. Pero no son personas con poder o de grandes recursos – al contrario: tienen mala economía y tienen deudas. Pero los ”clientes” tienen que tener buenas relaciones con ellos. La única manera de poder recibir el correo – e incluso la decision importantísima de Migrationsverket – es pagar cada mes sin retraso.

”El consejero” se hace propaganda a través de blogs y You Tube. Se presenta como experto en asuntos de asilo, y tambien como experto de Försäkringskassan, de asuntos jurídicos y el servicio social. Escribe que trabaja junto con La iglesia católica, con UNHCR (ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados), Médicos sin fronteras y RFLS (organización defensor de los derechos sexuales). Y lleva en su ordenador portátil un registro de ”sus” casos de asilo.

Entre las personas a las que ”el consejero” envia sus ”clientes” hay dos mujeres conocidas entre chilenos en Suecia:

– Una mujer que vive en el sur de Estocolmo. Su casa ha sido domicilio de 41 personas durante los últimos años. Esta mujer se dedica a un actividad dirigida a latinoamericanos en Suecia. Ella está dada de baja a tiempo completo.

– Otra mujer ha recibido correo para 32 pesonas que estaban pidiendo asilo. Ella tiene un puesto imortante en una organización que tiene lazos con el gobierno chileno. Ella tambien vive de la ayuda social.

Pero hay un hombre que tiene el número más alto de inquilinos; de él vamos a hablar más adelante.

En casa de la mujer que aparece puntualmente en Kulturhuset viven, segun Migrationsdomstolen, 37 hombres, diez mujeres y tres niños – en 44 metros cuadrados. Allí, en la planta baja, la mujer se encuentra con el reportero de SvD que con un sobre en la mano pretende ser un boliviano que solicita asilo. La mujer le saluda y quiere ver el dinero.

– Cuatrocientos?

Ella cuenta los billetes en el sobre; dos meses de arriendo adelantado – como quedamos.

– Muchas gracias.

Escribe su dirección en un papel. No tiene tiempo para quedarse. Tiene que ir a otro encuentro, dice.

Un tiempo despues SvD le pregunta por teléfono sobre la venta de su dirección, pero ella niega que ha recibido dinero. Dice que ”casi no recibe ningun recién llegado ahora”. Que va a terminar con esto, dice. No soporta que venga la policia a su casa preguntando por personas que van a expulsar del país. Luego le pasa el teléfono a su marido y él repite que no han cobrado dinero para que alguién usara su dirección.

– Son tonterías. No ha habido ninguna transacción.

– Pero nosotros lo tenemos grabado. Como explica esto?

– Eso lo dices tú.

El marido piensa que Migrationsverket debería haber reaccionado al ver que tantas personas tenían la misma dirección.

– Lo curioso es que viene gente a Suecia pidiendo asilo, dando esta dirección. Y qué? Nunca ocurre que llaman preguntando si nosotros conocemos a esta persona.

Las fuentes de SvD apuntan hacia la mujer que trabaja en la organización que tiene lazos con el gobierno chileno; ella vende direcciones, dicen. Han pagado, tal como Isaura Vargas, entre 300 y 500 coronas al mes. Pero la mujer lo niega:

– Estoy ayudando a aquellos que necesitan ayuda.

La dirección que aparece con más frecuencia en el archivo de Migrationsdomstolen es la de Rubén Tastas Duque, el ombudsman del gremio sindicalista SAC. 64 personas que piden asilo tiene su domicilio en su casa. Se han convertido automáticamente en miembros del SAC. Un comité especial del sindicato lleva el asunto. Ser miembro cuesta 30 coronas.

– Hay muchos que no van a recibir asilo. Ellos no pueden dar su verdadera dirección porque no quieren que la policía les busque. Así de simple es.

Rubén Tastas Duque explica que SAC lo hace por razones ideológicas – están a favor de ”un mundo sin fronteras”.

– Nosotros no cobramos por este servicio. Pero hay ladrones que cobran. Esto es para contrarrestar este comercio con las direcciones, dice.

– Ellos se aprovechan de personas que apenas tienen dinero y los hacen pagar para recibir sus cartas.

La pareja que vive en el apartamento de una habitación, de 44 metros cuadrados, confirma que es ”el consejero” de 55 años quien envia a la gente a su dirección. Cuando SvD llama a este hombre él lo niega categoricamente:

– Comprar una dirección? No. Mis consultas siempre están dentro de la ley, lo puedes comprobar hablando con Migrationsverket.

Y no, él no cobra por dar consejos.

– Pero a veces la gente contribuye con algo de dinero, porque yo no tengo ninguna subvención para mi trabajo voluntario.

Por que has usado Cruz Roja en tu promoción?

– Es una cruz roja no mas. Soy miembro de la Cruz Roja.

Con esto se termina la conversación.

– Te recomiendo que tu hables con uno de mis abogados.

Isaura Vargas está de vuelta en casa despues de su jornada de limpiadora; en la sala está sentada su hija Juliana hojeando un libro de niños. Para que pueda jugar su tío tiene que dormir en un colchón en el suelo del ropero.

La crisis de la construcción perjudica mucho a un obrero no calificado como Paolo González. Pero Isaura Vargas recibe nuevas llamadas todo el tiempo: ”Tu haces aseo donde mi vecino. Dicen que eres buena”. Ella dice que se ha acostumbrado a limpiar.

Lo peor son los latinos que venden direcciones y consejos falsos, opina. Por qué nadie dice nada? pregunta.

– Si yo tuviera un permiso de residencia lo diría: esto está muy mal, es una mafia!

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Los nombres de Isaura Vargas, Paolo González, Juliana, León Rivera y Cristian Rodríguez no son verdaderos.

Escrito por Matilda E. Hanson y Josef El Mahdi.

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